MI PRÍNCIPE AZUL MURIÓ APLASTADO POR UN TREN.-
¿Qué es eso de andar pintando con colores al amor de la vida de uno? Le pongo el color que quiero, le hago rayitas, lo decoro con purpurina, le meto lentejuelas, voladitos, lo pinto con tinta china y después, recién después, veo si hace juego con la ropa que me pongo. Basta de decir que el príncipe azul destiñe; no existen los príncipes azules.
Mal que mal, sólo existen los hombres-hombres. Con eso ya tenemos bastante. Además, ¿quién quiere un príncipe azul que la salve de no sé qué cosa? ¿Por qué tiene que ser azul? ¿Por qué no rosa?
Entonces, propongo: matemos al príncipe azul de un garrotazo en la cabeza! Para evitar las culpas, hagamos que muera aplastado por un tren a las seis de la tarde; paguémosle a alguien para que trabaje sucio. Desterremos eso del príncipe azul de nuestras mentes.
Empecemos a imaginarnos a Blancanieves sodomizando enanos. A Cenicienta revolcándose con el jardinero en el pasto y a la Sirenita ahogada como Alfonsina. Nuestro problema siempre fueron los parámetros, por eso nos va como nos va. Por eso los amores imposibles nos ignoran. Por eso, quizás, los hombres no nos den pelota. Nuestro problema son las Andrea del Boca, las Oreiro y sus trastes. Todo culpa de la tele!
Exijo un cambio: cambiémosle el color al príncipe azul, saquémosle un peso de encima al pobre. Ya no quiero un príncipe azul, un amor ideal: quiero un hombre que se saque los mocos, que mire culos por la calle, que me sea fiel mientras pueda serlo, quiero uno que tenga tanto miedo como yo de enamorarse, que juegue en la computadora y se babee, quiero uno que sólo necesite libertad para respirar contento, que sea humano, que muestre imperfecciones por los cuatro costados, que me quiera matar a veces, que se muera por volver a besarme.
Como yo no soy Cenicienta, mi príncipe no es más azul.
Voy contra las reglas de lo ideal y me chupa un huevo.
Hola, sí, mi príncipe azul es violeta.
